La alerta de inventario bajo llevaba meses llegando todos los días a las siete de la mañana.
Nadie la abría: había una regla en el correo que la mandaba sola a una carpeta.
Es el final normal de casi todos los avisos automáticos. Se agregan de uno en uno —cada vez que alguien quiso vigilar algo— y al año la operación recibe treinta correos diarios del propio sistema. Ninguno miente. El problema es que juntos dicen lo mismo que no decir nada, y el día que de verdad se acaba un producto, ese aviso llega igual que los otros veintinueve.
Por eso, antes de programar uno, preguntamos algo incómodo: cuando llegue, ¿qué va a hacer quien lo reciba? Si la respuesta es «revisarlo», no es un aviso, es un reporte. Y un reporte va en una pantalla que se abre cuando uno quiere, no en el correo de todos los días.
Los pocos que sobreviven a esa pregunta tienen nombre y tienen dueño. Por eso sí se leen.
Un sistema que avisa de todo termina siendo igual de útil que uno que no avisa de nada. Con la diferencia de que además molesta.