Cambiar de sistema es fácil. Mudar diez años de datos, no.
Es la parte que casi nadie cotiza y la que más arranques detiene. El sistema nuevo ya está probado, la capacitación ya se dio, y entonces aparece la pregunta que nadie hizo a tiempo: ¿qué hacemos con lo que está en el viejo?
Lo que está en el viejo casi siempre se parece a esto. El mismo cliente dado de alta varias veces, con el nombre escrito distinto cada vez. Productos que dejaron de venderse hace años, revueltos con los vigentes. Saldos que nadie ha cuadrado en mucho tiempo. Si todo eso se copia tal cual, el sistema nuevo nace con los problemas del anterior y encima con la culpa: ahora el desorden es del sistema nuevo.
Nosotros lo partimos en dos. Se migra lo que hace falta para operar mañana —catálogo vigente, saldos abiertos, clientes activos—. Lo demás no se tira: queda en un respaldo que se puede consultar el día que haya que buscar una factura de hace seis años.
Y la limpieza se hace antes de mudar, no después. Es más trabajo la primera semana y menos discusión el resto del año.