Hay negocios a los que les decimos que no.
No por falta de trabajo, sino porque lo que necesitan ya existe hecho y cuesta una fracción. Si vendes en un solo punto, con veinte productos y sin reglas raras de precio, un punto de venta de los que se pagan por mensualidad te va a servir mejor que cualquier cosa que nosotros programemos. Lo mismo con la facturación: si emites diez facturas al mes y no hay que conectarla con nada, cualquier sistema de timbrado alcanza.
Un sistema a la medida se justifica cuando la operación tiene algo que ningún producto de estante contempla. Una regla de precio que solo existe en tu negocio. Un proceso repartido entre áreas que hoy no se hablan. Datos que habría que cruzar y nadie cruza porque viven en dos lados. Ahí lo hecho a la medida deja de ser un lujo y empieza a pagarse solo.
Por eso la primera pregunta no es qué quieres que te construyamos, sino qué estás haciendo a mano hoy y cuánto te cuesta a la semana.
Si de esa conversación sale que te sirve algo que ya existe, te lo decimos. Sale más barato para los dos que venderte un proyecto que en un año no ibas a querer mantener.