Buena parte del trabajo de una empresa no pasa frente a una computadora.
Pasa en el almacén, en la obra, en la camioneta del repartidor, en la visita a un cliente. Y ahí es donde casi siempre se rompe la cadena: alguien anota en una libreta, o le manda un mensaje a la oficina, y el dato entra al sistema horas después, si entra.
Por eso preguntamos temprano quién va a capturar cada cosa y desde dónde. Si la respuesta incluye a alguien que trae las manos ocupadas, ese pedazo del sistema se diseña distinto: pantallas de tres campos en vez de treinta, botones grandes, y que funcione con el pulgar.
Dos cosas que casi nadie pide y siempre hacen falta. Que aguante quedarse sin señal y sincronice al volver la cobertura, porque en una bodega o en carretera se cae. Y que la foto sirva de comprobante: la firma del que recibió, el sello, el número de serie.
No se trata de que todos traigan el sistema en el celular. Se trata de que quien captura algo lo pueda capturar en el momento y el lugar donde ocurre. Lo que se anota después casi siempre se anota mal.