Automatizar un proceso malo solo lo hace más rápido.
Es la conversación incómoda que a veces toca tener. Alguien pide un sistema para un flujo que hoy pasa por cuatro autorizaciones, tres correos y una firma que casi siempre se consigue después. Se puede programar tal cual. Y lo que se entrega es el mismo enredo, ahora sin errores de captura y a mayor velocidad.
Por eso antes de dibujar pantallas preguntamos por qué existe cada paso. A veces la respuesta es buena y el paso se queda. A veces nadie se acuerda, o la persona que lo pedía ya no trabaja ahí, y el paso desaparece antes de que exista una sola línea de código.
No siempre nos toca decidirlo: es el negocio del cliente y hay reglas que responden a cosas que nosotros no vemos. Pero la pregunta se hace, y se hace antes, porque después ya cuesta.
Un sistema no arregla un proceso. Lo hace obvio.