Funciona. Nadie sabe por qué. Y nadie lo toca.
En casi toda empresa con algunos años hay un archivo, una macro o un programa viejo del que depende algo importante. Lo hizo alguien que ya no trabaja ahí, no está documentado, tiene un nombre que no explica nada, y una vez al mes hay que abrirlo en una computadora en específico porque en las demás truena.
Todos saben que un día va a fallar. Nadie quiere ser quien lo tocó ese día.
El chiste tiene su parte seria: eso no se reemplaza de golpe ni «modernizando» a ciegas. Primero hay que entender qué hace en realidad —que casi nunca es lo que su nombre dice— y qué depende de él. Después se reescribe la pieza, se corre un tiempo en paralelo con los dos resultados a la vista, y solo cuando coinciden se apaga el viejo.
No es glamoroso. Pero es la diferencia entre migrar y apostar.