El día que se apaga el sistema viejo no debería dar miedo.
Casi siempre lo da porque el cambio se hace de golpe: el viernes se usa uno, el lunes el otro, y si algo no cuadra ya no hay con qué comparar.
Hay una forma más tranquila. Durante dos semanas se trabaja con los dos: lo de siempre en el sistema viejo y lo mismo en el nuevo. Cada noche se comparan los cierres —ventas, inventario, caja—. Donde no coinciden aparece algo: una regla que el sistema nuevo no conocía, un caso raro que nadie mencionó, un dato que se capturaba distinto.
Cuesta trabajo doble unos días, sí. Pero cada diferencia que sale en esas dos semanas es una que no te sale en plena temporada, con el viejo ya apagado.
Cuando los cierres coinciden varios días seguidos, se apaga el viejo. Ese día no da miedo: ya sabes que el nuevo cuadra.