El sistema dice que hay tres. En el anaquel hay uno.
Pasa en todos lados y casi nunca es robo. Es la devolución que se recibió y no se capturó, la pieza que se apartó para un cliente y sigue contando como disponible, el traspaso entre sucursales que alguien anotó en un cuaderno, la merma que nadie registró porque había que explicarla.
El problema no es el número equivocado. Es que en cuanto el inventario falla dos o tres veces, la gente deja de creerle y vuelve a ir a mirar al anaquel. A partir de ahí el sistema es un adorno: existe, se captura y nadie lo usa para decidir.
Un inventario que sirve no es el que nunca se equivoca. Es el que deja ver por qué cambió cada cifra —quién, cuándo y con qué documento— para que una diferencia se corrija en dos minutos en vez de esperar al conteo general del domingo.
Si hoy tu respuesta a «¿cuántos tengo?» es «déjame voy a ver», el problema no es el conteo.